MACHISMO EN LA HISTORIA DE LA LITERATURA
ANTIGÜEDAD CLÁSICA
LA ODISEA, DE HOMERO
Mary Beard en su obra
Mujeres y poder señala cómo ya hace tres mil años hubo un testimonio en el que la voz de la mujer fue silenciada de la esfera pública.
En el primer canto del poema, cuando
Penélope sale de sus aposentos privados y va a la gran sala del palacio, se encuentra con un aedo que canta las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Dice Mary Beard:
Como este tema no le agrada, le pide ante todos los presentes que elija otra más alegre, pero en ese mismo instante interviene el joven Telémaco: "Madre mía -- replica--, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca... El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa". Y ella se retira a sus habitaciones del piso superior.
EL MITO DE APOLO Y DAFNE.
Apolo era un dios joven, alto y fuerte, que siempre iba con un arco y flechas. Eros, sin embargo, era un dios niño que jugaba con su pequeño arco; por eso, Apolo se burlaba de él.
Eros, furioso, quiso vengarse y aprovechó un día en que Apolo se encontraba en el bosque cazando. Entre los árboles paseaba una hermosa ninfa, Dafne. Eros disparó dos flechas: una de oro a Apolo, que provocó un amor apasionado en él; y otra de plomo a Dafne, que causó repulsión hacia el dios enamoradizo. Apolo, entonces, comenzó a perseguir a Dafne para conseguir su amor. Ella, desesperada, corría intentando escapar del dios. Cuando estaba a punto de ser atrapada, pidió ayuda a su padre, el dios-río Ladón. De repente, su piel se convirtió en corteza de árbol (laurel), su cabello en hojas y sus brazos en ramas. Dejó de correr, pues de sus pies salieron raíces. Apolo abrazó las ramas. Como no podía tomarla, le prometió que la amaría eternamente como su árbol y que sus ramas coronarían las cabezas de los héroes.
TESTIMONIO DE DAFNE
Mi corta vida
Estaba huyendo, no sabía dónde me encontraba, solamente sabía que no estaba sola. Alguien me venía persiguiendo desde hacía algunas manzanas. Al principio en el metro me sentía observada. Más tarde, cuando bajé, me giré y lo vi, al hombre que se convertiría en mi pesadilla, mi perseguidor. Comencé a andar por la calle, era un poco tarde pero aún había gente caminando, que hacía caso omiso a su alrededor. Me eché a correr, lo único que quería era llegar a casa. De un momento a otro comenzó a llover, por lo tanto acabé desorientada, no sabía dónde me encontraba. Solamente pensaba en correr y no parar, no podía dejar de hacerlo o de lo contrario me atraparía. Sin saber cómo, terminé en una azotea. Si daba un paso hacia atrás, caería al gran abismo repleto de coches; pero si me quedaba ahí, dejaría mi cuerpo a merced de ese hombre y yo no quería eso. No lo pensé dos veces y me aventuré al vacío, prefería morir antes que quedarme con él. Mi nombre es Dafne y yo no he podido contar mi historia. Tomé la salida más fácil aún sabiendo lo que ello conllevaba, siendo que yo no lo tendría que haber pagado. No hice nada para merecer esto, simplemente era una joven chica que se dirigía a casa tras un largo día en el trabajo.
(Nuria Fajardo, alumna de 2ºBHCS)
EDAD MEDIA
Cantar de Mio Cid: Cantar de la afrenta de CorpesEl Cid defiende Valencia de un nuevo ataque musulmán. Durante la contienda, los infantes de Carrión ponen en evidencia su cobardía y son objeto de burla por parte de la corte del Cid. Los infantes se cobran su venganza sobre las hijas del Cid, con las que habían contraído matrimonio.Los mantos y las pieles les quitan los de Carrión,
con sólo las camisas desnudas quedan las dos,
los malos traidores llevan zapatos con espolón,
las cinchas de sus caballos ásperas y fuertes son.
Cuando esto vieron las damas así hablaba doña Sol:
«
Don Diego y don Fernando, os rogamos por Dios,
dos espadas tenéis, fuertes y afiladas son,
el nombre de una es Colada, a la otra dicen Tizón
cortadnos las cabezas, mártires seremos.
Moros y cristianos hablarán de vuestra acción,
dirán que no merecimos el trato que nos dais vos.
Esta acción tan perversa no la hagáis con nos
si así nos deshonráis, os deshonraréis los dos;
ante el tribunal del rey os demandarán a vos».
Lo que ruegan las dueñas de nada les sirvió.
Comienzan a golpearlas los infantes de Carrión;
con las cinchas de cuero las golpean sin compasión;
así el dolor es mayor, los infantes de Carrión:
de las crueles heridas limpia la sangre brotó.
Si el cuerpo mucho les duele, más les duele el corazón.
LAS MIL Y UNA NOCHE Es una recopilación medieval de cuentos tradicionales de Oriente Próximo recopilados en lengua árabe.Hace muchísimos años, en las lejanas tierras de Oriente, hubo un rey llamado Shariar, amado por todos los habitantes de su reino.
Un día, habiendo salido de cacería, regresó a su palacio antes de lo previsto y encontró a su esposa apasionadamente abrazada con uno de sus jóvenes esclavos.
–¡Ay! –sollozó el rey–. ¡Siento en mi corazón un fuego que quema!–.
E inmediatamente ordenó que su esposa y el esclavo fueran degollados. La muerte de su esposa infiel no calmó el fuego que inflamaba el corazón del rey Shariar. Su rostro iba perdiendo el color de la vida y se alimentaba apenas. Ya lo dijo el poeta:
Amigo: ¡no te fíes de la mujer;
ríete de sus promesas!
¡No te confíes, amigo!
¡Es inútil!
Y nunca digas: “¡Si me enamoro, evitaré las locuras de los enamorados!”
¡No lo digas! ¡Sería verdaderamente un prodigio
ver salir a un hombre sano y salvo de la seducción de las mujeres!
Convocó entonces el rey a su visir y le mandó que cada día hiciera venir a su palacio a una joven doncella del reino. El rey las desposaba pero, con las primeras luces del amanecer, recordaba la infidelidad de su esposa y una nube de tristeza le velaba el rostro. Entonces, hacía decapitar a las doncellas ardiendo de odio hacia todas las mujeres. Transcurrieron así los años sin que Shariar encontrara paz ni reposo mientras, en el reino, todas las familias vivían sumidas en el horror, huyendo para evitar la muerte de sus hijas. Un día, el rey mandó al visir que, como de costumbre, le trajese a una joven. El visir, por más que buscó, no pudo encontrar a ninguna y regresó muy triste a su casa, con el alma llena de miedo por el furor del rey:
–¡Shariar ordenará esta noche mi propia muerte!– pensó.
Pero el visir tenía dos hermosas hijas, la mayor llamada Sherezade y la menor de nombre Doniazada.
LOS CUENTOS DE CANTERBURY, DE GEOFREY CHAUCER
SIGLOS XIV Y XV
En este cuento, Juan y Alano para vengarse de la mezquindad y del robo del molinero deciden buscar una compensación metiéndose en la cama de las mujeres de la casa: la esposa y la hija de Simón.
Si bien se muestra que ambas mujeres disfrutan de las relaciones sexuales con estos jóvenes, se dice claramente que la hija se vio con el hombre encima de ella de tal forma que ya era tarde para gritar.
Añado fragmento:
Ya veo
que no pegaré ojo en lo que queda de noche; pero no importa, todo será para bien, pues te
aseguro, Juan, que intentaré trabajarme esa chica si puedo. La ley nos permite alguna
compensación, Juan, pues hay una ley que dice que si un hombre es perjudicado de alguna
forma, debe ser compensado de otra. No hay quien niegue que nos robaron el grano. Hemos
tenido mala suerte todo el día; pero como sea que no da satisfacción por la pérdida que he
tenido, me tomaré la compensación. ¡Por Dios que va a ser así!
-Mira lo que haces, Alano -repuso Juan-. Ese molinero es un tipo de cuidado, y si
despierta de repente, puede darnos un disgusto.
-Una pulga me da mas miedo que él -repuso Alano, quien se levantó y se deslizó
hasta donde se hallaba la chica, que estaba profundamente dormida panza arriba, pero cuando lo vio, estaba tan cerca que era ya tarde para gritar. En otras palabras, que pronto
llegaron a un acuerdo. Pero dejemos a Alano divirtiéndose y hablemos de Juan...
SIGLO XVII- SIGLOS DE ORO
Dígame ahora el que se tuviere por más discreto y recatado qué más prevenciones para su seguridad podía haber hecho el anciano Felipo, pues aun no consintió que dentro de su casa hubiese algún animal que fuese varón. A los ratones della jamás los persiguió gato, ni en ella se oyó ladrido de perro: todos eran del género femenino. De día pensaba, de noche no dormía; él era la ronda y centinela de su casa y el Argos de lo que bien quería. Jamás entró hombre de la puerta adentro del patio. Con sus amigos negociaba en la calle. Las figuras de los paños que sus salas y cuadras adornaban, todas eran hembras, flores y boscajes. Toda su casa olía a honestidad, recogimiento y recato: aun hasta en las consejas que en las largas noches del invierno en la chimenea sus criadas contaban, por estar él presente, en ninguna ningún género de lascivia se descubría. La plata de las canas del viejo, a los ojos de Leonora, parecían cabellos de oro puro, porque el amor primero que las doncellas tienen se les imprime en el alma como el sello en la cera. Su demasiada guarda le parecía advertido recato: pensaba y creía que lo que ella pasaba pasaban todas las recién casadas. No se desmandaban sus pensamientos a salir de las paredes de su casa, ni su voluntad deseaba otra cosa más de aquella que la de su marido quería; sólo los días que iba a misa veía las calles, y esto era tan de mañana que, si no era al volver de la iglesia, no había luz para mirallas.
No se vio monasterio tan cerrado, ni monjas más recogidas, ni manzanas de oro tan guardadas; y con todo esto, no pudo en ninguna manera prevenir ni escusar de caer en lo que recelaba; a lo menos, en pensar que había caído.
Desengaños amorosos, María de Zayas y Sotomayor
"Desengaño tres": "El verdugo de su esposa"
Tiempo atrás en Sicilia, había dos caballeros que se conocían desde niños. Eran galanes, nobles, ricos, discretos y, sobre todo, hijos de españoles. Se llamaban don Juan y don Pedro. Se pasaban el día juntos y eran tan amigos que en toda la ciudad se los conocía como los dos amigos. Cuando don Pedro se casó con la bella Roseleta, don Juan pasó un tiempo sin ir a casa de su amigo para evitar murmuraciones. Pero los amigos se echaban tanto de menos que don Juan volvió a asistir con familiaridad y don Pedro y Roseleta le recibían con agrado. Por respeto al honor de su amigo, don Juan no quería mirar a Roseleta, pero no podía evitar verla casi cada día por la amistad tan cercana que tenía con don Pedro.
Don Juan empezó a ver a Roseleta
como la mujer más bella
y a don Pedro
como el hombre más afortunado.
Cuando estaba solo,
don Juan se decidía
a no amar a Roseleta.
Pero cuando la veía,
su debilidad vencía.
Viendo a su amigo triste
y enfermo de pena,
don Pedro y Roseleta le preguntaban
la causa de su pena.
Para que no se descubriera
la verdad de su desdicha,
don Juan se inventó esta excusa:
— Cierto es, amigo don Pedro, que callo una pena desde hace tiempo por vergüenza de mi debilidad. La hermosura de Angeliana es la fuente de mis desdichas. He intentado hablarle de mi pasión, pero ella no me ha querido oír ni responder a mis papeles. Estoy tan triste y desesperado, que solo me queda quitarme la vida.
Roseleta y don Pedro consolaban a don Juan y le aconsejaban pedir su mano, pues Angeliana era una mujer de poca calidad y no tenía padres, por lo que nadie se opondría a esa unión. Don Juan les daba la razón, pero ponía como excusa que quería esperar a que Angeliana tuviera más edad. Así pasaron dos meses. Don Juan suspiraba por Roseleta, mientras Roseleta pensaba que don Juan suspiraba por Angeliana. Un día que estaba don Juan comiendo en casa de su amigo, don Pedro tuvo que salir un momento y se quedaron a solas don Juan y Roseleta. Don Juan vio la ocasión perfecta para decirle con voz temblorosa:
— ¡Ay, hermosa Roseleta! ¡Qué hermoso y desdichado fue el día que os conocí! Pues mis ojos gozaron, de tu imagen divina pero me fue prohibido merecerla. Debéis saber que la causa de mi tristeza no es Angeliana, sois solo vos, señora mía.
Roseleta estaba llena de cólera y durante los días siguientes, fingía enfermedad o repentinos accidentes cuando don Juan iba a visitarlos. Un día que estaban los tres de sobremesa, don Pedro preguntó a don Juan cómo iban sus amores con Angeliana, a lo que don Juan respondió:
— Muy mal, porque hace unos días le hablé de mi pasión y ahora ella se niega a verme. Su enfado me quita la vida (...)
Pero Roseleta, disimulando el enfado, con tono de burla dijo:
— No porque una mujer sepa que un hombre la ama, está obligada a amarle. Cierto es, señor don Juan, que vuestro amor empieza a ser locura y atrevimiento. Si algún hombre pusiera en mí los ojos, y mi esposo no lo matara, lo haría yo con mis propias manos.
Quedó don Juan muy descontento por las palabras de Roseleta. Ya no le importaba amar, solo quería vencer. Don Juan siguió enviándole papeles. No tenía miedo de que don Pedro se enterara de todo. Pues pensaba que ninguna mujer se atrevería a contarle a su marido que otro hombre busca sus favores.
Un día, Roseleta recibió un papel que llevaba más atrevimiento que ningún otro. Enojada, le enseñó a don Pedro todos los papeles de don Juan.
— ¡Para que veáis el amigo que tenéis y que traéis a vuestra casa! ¡Vuestro amigo don Juan quiere deshonraros buscando mis favores! Le he reñido por sus atrevimientos y le he amenazado con contároslo a vos, pero nada le detiene. El único remedio es quitarle la vida. Yo he cumplido mi parte, ahora cumplid vos la vuestra.
Don Pedro leyó los papeles una y otra vez. Tan pronto le invadía la cólera y quería quitarle la vida a don Juan, como tan pronto recordaba el cariño de su amistad. Al final, decidió que un agravio así no podía quedar sin castigo. Pero había que hacerlo sin que la ciudad se enterara para que no quedara su honor en entredicho.
Mandó don Pedro a Roseleta que enviara un papel a don Juan dándole cita en su hacienda una noche que don Pedro estaría fuera de la ciudad. Recibió el papel don Juan y se puso loco de contento. No sospechó nada raro en el repentino cambio del sentir de Roseleta. Llegó la noche acordada y don Juan se puso en camino. Justo cuando salía de la ciudad tocaron el Avemaría las campanas de la iglesia. Don Juan se bajó del caballo y se puso a rezar. Pidió a la Virgen María que le perdonara por el pecado que iba a cometer y que le protegiese de todo peligro. En Sicilia había la costumbre de ahorcar a los delincuentes y dejar sus cuerpos colgando en la horca para dar ejemplo.
Cuando don Juan pasó por delante
de tres ahorcados al borde del camino,
una voz le llamó:
— ¡Don Juan! ¡Don Juan!
Don Juan, lleno de espanto,
miró para todos lados
y no vio a nadie más.
La voz volvió a llamarle.
Venía de uno de los ahorcados.
Don Juan se santiguó
y le preguntó:
— ¿Para qué me has llamado?
¿Necesitas algún favor
o que mande decir unas misas por ti?
— No, estoy vivo y necesito
que me bajes de aquí.
— ¿Cómo es posible que estés vivo
si te han ahorcado?
— ¿Es para Dios imposible
salvar una vida
cuando es esa su voluntad?
Don Juan ayudó al ahorcado
a bajar de la horca
y caminaron juntos
hasta que vieron la hacienda
a pocos cientos de metros.
Don Juan bajó de su caballo
y dijo al ahorcado:
— Quédate aquí con mi caballo
y espérame hasta que vuelva.
Tengo un negocio
que atender.
— No, don Juan.
Te equivocas en tu petición.
Ese negocio tan importante,
soy yo quien debe atenderlo.
Tú debes quedarte aquí.
— ¿Cómo puedes saber tú
lo que tengo que hacer aquí?
— Sé a lo que vienes
y debo hacerlo yo.
Ata tu caballo a ese árbol
y tú súbete a aquel otro de allí,
para que nadie te vea.
Escucha y mira con atención
todo lo que va a suceder.
Luego me dirás quién prefieres
que vaya a tu negocio:
tú o yo.
El corazón de don Juan
latía sin freno por el milagro
que estaba viendo esa noche.
Se subió al árbol
y vio al ahorcado
llegar a la hacienda. Nada más saltar la valla,
aparecieron don Pedro y sus criados.
Dispararon al ahorcado,
le apuñalaron
y le tiraron a un pozo.
Después, llenaron el pozo
con grandes piedras.
A los pocos minutos,
salieron tres hombres
de la hacienda
y encontraron el caballo
de don Juan.
Una voz, que se parecía
a la de don Pedro, dijo:
— El caballo de don Juan.
No volverá a subir en él.
Cuando los vio alejarse,
don Juan exclamó
lleno de espanto:
— ¡Válgame Dios!
¡Don Pedro y sus criados
en la hacienda!
¡El ahorcado no me deja ir!
¡Pistolas!
¡Don Pedro dice
que no subiré más en mi caballo!
¿Qué es lo que está pasando?
Se bajó del árbol
y vio al ahorcado,
cubierto de sangre,
que venía hacia él
don Juan
— ¡Te suplico por Dios
que me digas
si estoy hechizado
o si estoy soñando!
— Ni sueñas, ni estás hechizado.
¿Tan ignorante eres
que no entiendes lo que ha pasado?
Todas estas heridas
me las han dado creyendo
que te las daban a ti
por tu traición y falsa amistad.
Cuando venías hacia aquí,
le rezaste a la Virgen María,
madre de Dios y
Ella me mandó a mí,
venir y tomar tu aspecto
a los ojos de don Pedro
y de sus criados.
Te he librado del pecado
y del castigo
para que puedas arrepentirte
y salvar tu alma.
Nada más decir esto,
desapareció.
Don Juan se hizo mil veces
la cruz en la frente
y dio mil gracias a Dios
y a la Virgen María otras tantas.
Con las primeras luces del día,
fue a casa de don Pedro,
que dormía contento
de su venganza.
Don Juan se echó a los pies
de su amigo
y le pidió perdón por los agravios
que había intentado cometer.
Contó toda la verdad
sobre sus atrevimientos
y dejó libre de culpa a Roseleta.
Después se metió a fraile
en un convento
de religiosos carmelitas descalzos
para servir a la Virgen María
por haberle salvado
del pecado y de los peligros.
Por toda la ciudad,
había murmuraciones
sobre lo sucedido.
Había quien dudaba
de que don Pedro
conservara su honor
si don Juan seguía vivo.
Otros dudaban
de la sinceridad de Roseleta. Otros decían que Roseleta
había tenido un atrevimiento
por contarle a su marido
lo que pasaba.
Y otros decían
que había sido una buena esposa
por contarle la verdad a don Pedro.
Por todas partes
se formaban corrillos
para hablar de lo sucedido.
Se podría pensar
que después de estos sucesos,
don Pedro amaría más que nunca
a su sincera esposa.
Pero los corazones de los hombres
son duros y crueles
y se cansan pronto de las mujeres.
Así le pasó a don Pedro.
Quizás fue por verla cada día
o a causa de las murmuraciones,
pero empezó a aborrecer
a la inocente Roseleta.
Angeliana, la dama
que tuvo amores con don Juan
mucho tiempo atrás,
decidió vengarse también
de Roseleta. Angeliana se ponía siempre
donde don Pedro podía verla
y poco le costó
conseguir los favores del infeliz.
Así, don Pedro empezó
a entrar en la casa de Angeliana
con tanta libertad
como si fuera su esposo.
Mientras dejaba de dar atenciones
y sustento a Roseleta.
Todo el mundo en la ciudad
hablaba de la amistad
entre don Pedro y Angeliana.
Roseleta veía cómo disminuía su patrimonio
porque don Pedro
se gastaba todo en Angeliana.
Roseleta le escribió un papel a Angeliana
amenazándola de muerte
si seguía los amores con su marido.
Entre lágrimas,
Angeliana le enseñó
este papel a don Pedro
y le convenció
de que don Juan y Roseleta
habían tenido amores.
Le pidió venganza
por los atrevimientos de Roseleta
y don Pedro, creyendo sus palabras,
se lo prometió. Durante dos meses,
don Pedro esperó la oportunidad
de acabar con la vida
de Roseleta.
Un día, Roseleta enfermó
y fue necesario
hacerle una sangría.
Esa misma noche,
el ingrato y cruel don Pedro
le quitó la venda
que tapaba la vena.
Don Pedro vio
cómo Roseleta se desangraba
y cuando la vio muerta,
llamó a gritos a sus criados
fingiendo un gran dolor.
La misma noche
del entierro de Roseleta,
fue Angeliana a consolar
a don Pedro.
Le consoló tan bien
que se quedó en la casa
y se casaron tres meses después (...)
EL SÍ DE LAS NIÑAS, DE LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
Narra la historia de Doña Francisca, una joven comprometida en matrimonio con un hombre mucho mayor, Don Diego. La obra se desarrolla en una posada donde se revelan los verdaderos deseos y sentimientos de la protagonista, que está enamorada de otro hombre (Don Carlos).DOÑA IRENE.- ¿Conque su sobrino de usted?...
DON DIEGO.- Sí, señora; mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?
DOÑA FRANCISCA.- ¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?
DON DIEGO.- Sí, prendas de mi alma... Sí. (Los hace levantar con expresión de ternura.)
DOÑA IRENE.- ¿Y es posible que usted se determina a hacer un sacrificio?...
DON DIEGO.- Yo pude separarlos para siempre y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable, pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita!... ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer!... Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.
DON CARLOS.- Si nuestro amor (Besándole las manos.), si nuestro agradecimiento pueden bastar a consolar a usted en tanta pérdida…
DOÑA IRENE.- ¡Conque el bueno de Don Carlos! Vaya que...
DON DIEGO.- Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece; éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido a
tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!
DOÑA IRENE.- En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor; venga usted, que quiero abrazarle. (Abrazando a DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA se arrodilla y besa la mano de su madre.) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.
SIGLO XIX
EL REVÓLVER, EMILIA PARDO BAZÁNMe casé muy enamorada... Mi marido era entrado en edad respecto a mí; frisaba en los cuarenta, y yo solo contaba diecinueve. (...)
Duró esto un año -el año delicioso de la luna de miel-. Al volver la primavera, el aniversario de nuestro casamiento, empecé a notar que el carácter de Reinaldo cambiaba. Su humor era sombrío muchas veces, y sin que yo adivinase el porqué, me hablaba duramente, tenía accesos de enojo. No tardé, sin embargo, en comprender el origen de su transformación: en Reinaldo se habían desarrollado los celos, unos celos violentos, irrazonados, sin objeto ni causa, y, por lo mismo, doblemente crueles y difíciles de curar.
Si salíamos juntos, se celaba de que la gente me mirase o me dijese, al paso, cualquier tontería de estas que se les dicen a las mujeres jóvenes; si salía él solo, se celaba de lo que yo quedase haciendo en casa, de las personas que venían a verme; si salía sola yo, los recelos, las suposiciones eran todavía más infamantes….. Se celaba, sobre todo, al percibir que mi genio de pájaro, mi buen humor de chiquilla, habían desaparecido, y que muchas tardes, al encender luz, se veía brillar sobre mi tez el rastro húmedo y ardiente del llanto.
Privada de mis inocentes distracciones; separada ya de mis amigas, de mi parentela, de mi propia familia, porque Reinaldo interpretaba como ardides de traición el deseo de comunicarme y mirar otras caras que la suya, yo lloraba a menudo, y no correspondía a los transportes de pasión de Reinaldo con el dulce abandono de los primeros tiempos.
Cierto día, después de una de las amargas escenas de costumbre, mi marido me advirtió:
-Flora, yo podré ser un loco, pero no soy un necio. Me ha enajenado tu cariño, y aunque tal vez tú no hubieses pensado en engañarme, en lo sucesivo, sin poderlo remediar, pensarías. Ya nunca más seré para ti el amor. Las golondrinas que se fueron no vuelven. Pero como yo te quiero, por desgracia, más cada día, y te quiero sin tranquilidad, con ansia y fiebre, te advierto que he pensado el modo de que no haya entre nosotros ni cuestiones, ni quimeras, ni lágrimas, y una vez por todas sepas cuál va a ser nuestro porvenir.
Hablando así, me cogió del brazo y me llevó hacia la alcoba.
Yo iba temblando; presentimientos crueles me helaban. Reinaldo abrió el cajón del mueblecito incrustado donde guardaba el tabaco, el reloj, pañuelos, y me enseñó un revólver grande, un arma siniestra.
-Aquí tienes -me dijo- la garantía de que tu vida va a ser en lo sucesivo tranquila y dulce. No volveré a exigirte cuentas ni de cómo empleas tu tiempo, ni de tus amistades, ni de tus distracciones. Libre eres, como el aire libre. Pero el día que yo note algo que me hiera en el alma..., ese día, ¡por mi madre te lo juro!, sin quejas, sin escenas, sin la menor señal de que estoy disgustado, ¡ah, eso no!, me levanto de noche calladamente, cojo el arma, te la aplico a la sien y te despiertas en la eternidad. Ya estás avisada..
Las medias rojas, Emilia Pardo Bazán
Cuando la rapaza entró, cargada con el haz de leña que acababa de merodear en el monte del señor amo, el tío Clodio no levantó la cabeza, entregado a la ocupación de picar un cigarro, sirviéndose, en vez de navaja, de una uña córnea, color de ámbar oscuro, porque la había tostado el fuego de las apuradas colillas.
Ildara soltó el peso en tierra y se atusó el cabello, peinado a la moda «de las señoritas» y revuelto por los enganchones de las ramillas que se agarraban a él. Después, con la lentitud de las faenas aldeanas, preparó el fuego, lo prendió, desgarró las berzas, las echó en el pote negro, en compañía de unas patatas mal troceadas y de unas judías asaz secas, de la cosecha anterior, sin remojar. Al cabo de estas operaciones, tenía el tío Clodio liado su cigarrillo, y lo chupaba desgarbadamente, haciendo en los carrillo dos hoyos como sumideros, grises, entre el azuloso de la descuidada barba.
Sin duda la leña estaba húmeda de tanto llover la semana entera, y ardía mal, soltando una humareda acre; pero el labriego no reparaba: al humo ¡bah!, estaba él bien hecho desde niño. Como Ildara se inclinase para soplar y activar la llama, observó el viejo cosa más insólita: algo de color vivo, que emergía de las remendadas y encharcadas sayas de la moza… Una pierna robusta, aprisionada en una media roja, de algodón…
—¡Ey! ¡Ildara!
—¡Señor padre!
—¿Qué novidá (novedad) es esa?
—¿Cuál novidá?
—¿Ahora me gastas medias, como la hirmán del abade?
Incorporóse la muchacha, y la llama, que empezaba a alzarse, dorada, lamedora de la negra panza del pote, alumbró su cara redonda, bonita, de facciones pequeñas, de boca apetecible, de pupilas claras, golosas de vivir.
—Gasto medias, gasto medias —repitió, sin amilanarse—. Y si las gasto, no se las debo a ninguén.
—Luego nacen los cuartos en el monte —insistió el tío Clodio con amenazadora sorna.
—¡No nacen!… Vendí al abade unos huevos, que no dirá menos él… Y con eso merqué las medias.
Una luz de ira cruzó por los ojos pequeños, engarzados en duros párpados, bajo cejas hirsutas, del labrador… Saltó del banco donde estaba escarrancado, y agarrando a su hija por los hombros, la zarandeó brutalmente, arrojándola contra la pared, mientras barbotaba:
—¡Engañosa! ¡engañosa! ¡Cluecas andan las gallinas que no ponen!
Ildara, apretando los dientes por no gritar de dolor, se defendía la cara con las manos. Era siempre su temor de mociña guapa y requebrada, que el padre la mancase, como le había sucedido a la Mariola, su prima, señalada por su propia madre en la frente con el aro de la criba, que le desgarró los tejidos. Y tanto más defendía su belleza, hoy que se acercaba el momento de fundar en ella un sueño de porvenir. Cumplida la mayor edad, libre de la autoridad paterna, la esperaba el barco, en cuyas entrañas tanto de su parroquiay de las parroquias circunvecinas se habían ido hacia la suerte, hacia lo desconocido de los lejanos países donde el oro rueda por las calles y no hay sino bajarse para cogerlo. El padre no quería emigrar, cansado de una vida de labor, indiferente de la esperanza tardía: pues que se quedase él… Ella iría sin falta; ya estaba de acuerdo con el gancho, que le adelantaba los pesos para el viaje, y hasta le había dado cinco de señal, de los cuales habían salido las famosas medias… Y el tío Clodio, ladino, sagaz, adivinador o sabedor, sin dejar de tener acorralada y acosada a la moza, repetía:
—Ya te cansaste de andar descalza de pie y pierna, como las mujeres de bien, ¿eh, condenada? ¿Llevó medias alguna vez tu madre? ¿Peinóse como tú, que siempre estás dale que tienes con el cacho de espejo? Toma, para que te acuerdes…
Y con el cerrado puño hirió primero la cabeza, luego, el rostro, apartando las medrosas manecitas, de forma no alterada aún por el trabajo, con que se escudaba Ildara, trémula. El cachete más violento cayó sobre un ojo, y la rapaza vio como un cielo estrellado, miles de puntos brillantes envueltos en una radiación de intensos coloridos sobre un negro terciopeloso. Luego, el labrador aporreó la nariz, los carrillos. Fue un instante de furor, en que sin escrúpulo la hubiese matado, antes que verla marchar, dejándole a él solo, viudo, casi imposibilitado de cultivar la tierra que llevaba en arriendo, que fecundó con sudores tantos años, a la cual profesaba un cariño maquinal, absurdo. Cesó al fin de pegar; Ildara, aturdida de espanto, ya no chillaba siquiera.
Salió fuera, silenciosa, y en el regato próximo se lavó la sangre. Un diente bonito, juvenil, le quedó en la mano. Del ojo lastimado, no veía.
Como que el médico, consultado tarde y de mala gana, según es uso de labriegos, habló de un desprendimiento de la retina, cosa que no entendió la muchacha, pero que consistía… en quedarse tuerta.
Y nunca más el barco la recibió en sus concavidades para llevarla hacia nuevos horizontes de holganza y lujo. Los que allá vayan, han de ir sanos, válidos, y las mujeres, con sus ojos alumbrando y su dentadura completa…
SIGLO XX
TEXTO “ARRÁNCAME LA VIDA”, DE ÁNGELES MASTRETTA¿Y yo qué? ¿No soy tu amigo? ¿Ve usted, diputado Puente? Así le pagan a uno -me miró y siguió. ¿No estás de acuerdo, Catalina? ¿Ya te convenció el artista de que a la izquierda unida jamás será vencida? Son un desastre las mujeres, uno se pasa la vida educándolas, explicándoles, y apenas pasa un loro junto a ellas le creen todo. Ésta, así come la ve, diputado, está segura de que el cabrón de Álvaro Cordera es un santo dispuesto a echar su suerte con los pobres de la tierra. Y lo ha visto tres veces, pero ya le creyó. Con tal de estar en contra de su marido. Porque ésa es su nueva moda. La hubieran conocido ustedes a los dieciséis años, entonces sí era una cosa linda, una esponja que lo escuchaba todo con atención, era incapaz de juzgar mal a su marido y de no estar en su cama a las tres de la mañana. Ah, las mujeres. No cabe duda que ya no son las mismas. Algo las perturbó. Ojalá y la suya se conserve como hasta ahora, diputado, ya no hay de ésas. Ahora hasta las que parecían más quietas respingan. Hay que ver a la mía.